Publicado por Aurelio Enrique Casasola | 1 comentarios

Los Nuevos Tiempos

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Los Nuevos Tiempos

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Mi querid@ teólog@, la revelación de la venida del Jesucristo Mesías, en el Antiguo Testamento, fue progresiva. También la comprensión del Mesías en la historia es progresiva, y los signos de los tiempos, interpretados por el Magisterio, marcan el paso de esta comprensión.

La segunda guerra mundial y el Concilio Vaticano II, cada acontecimiento a su modo, marcaron el nacimiento de una nueva época histórica, y por ende, de una nueva cultura, un nuevo modo de percibir la realidad de este mundo y, por eso mismo; de una nueva mentalidad. Se han intensificado las comunicaciones a nivel mundial. Sobre todo, se han cambiado las relaciones humanas. Una característica sobresaliente de éstas es una profunda conciencia del respeto que se debe a todo ser humano.

Es cierto que estamos todavía en pañales en esto. Sin embargo, lo poco alcanzado ya ha revolucionado, en sentido positivo, la relación de autoridad. En pedagogía, los maestros no pueden dar maltratos a los alumnos, ni los padres a los hijos. En política, las autoridades civiles o militares deben respetar los derechos humanos de la población. El caso Pinochet es muy iluminador. Incluso en la vida religiosa, las relaciones entre superiores y súbditos se han transformado en relaciones entre hermanos iguales en dignidad.

Este cambio se puede resumir como el paso de una cultura del temor a una cultura del amor. En un tiempo en que cualquiera puede desplazarse adonde quiera y manejar cualquier arma (recordemos la masacre juvenil en Littleton), la cultura del temor y de la represión debe dejar lugar a la formación de la conciencia y al respeto religioso ante el misterio de cada ser humano. La coerción, ¡que quede sólo para casos reducidos y por legitima defensa!

No es extraño ni atrevido decir que esta evolución de la humanidad ha traído la evolución del dogma en la imagen del Padre. Jesús, imagen visible del Padre invisible (a Felipe: “el que me ha visto a mi, ha visto al Padre”Jn 8, 14), nos revela en la parábola del hijo pródigo a un Dios de respeto, de amor y de vida, porque en la mente de ese Padre no hay otra cosa, mucho menos el castigo o la venganza.

Cuando, ante un niño atropellado y gravemente herido, la mamá vuelve los ojos al cielo, exclamando: “hágase, señor, tu voluntad”, sobreentendiendo que la voluntad de Dios es que el niño muera, muy piadosa puede ser esta madre pero en realidad también está muy equivocada, y es victima de la vieja mentalidad que atribuía a Dios lo malo que nos ocurría.

¿Qué haremos, entonces? ¿Nos abandonaremos al pecado? Pues, si Dios no castiga, ¿para qué luchar por observar los mandamientos?

Si este fuera nuestro razonamiento conclusivo, demostraríamos no haber entendido nada de lo dicho. Habríamos abandonado la ley del temor pero demostraríamos no creer en el amor de Dios. ¡Quedaríamos en la muerte! Porque no hacerle caso al Dios de la vida, es morir. Porque la verdad es que la enfermedad y la muerte no viene de Dios, sino de las decisiones equivocadas de nuestra voluntad, cuando no queremos seguir los consejos de amor y de vida que son los diez mandamientos.

Conclusión acertada es que nuestra vida sea un anhelo constante para a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef 4,13). Pues, es lo que da gloria al Padre y hace crecer nuestra vida como una palmera junto al rió porque Él da vida en abundancia ( cfr. Jn 10,10). Finalmente, conclusión acertada es que el pozo de nuestra esperanza sea siempre rebosante, porque Jesús ha resucitado para nunca más morir, y el amor del Padre es eterno.

1 comentario:

  1. Que Bendición poder tener acceso a razonamientos fundamentados en el amor de Jesus, pues esto es la verdad. Si todo lo que hacemos, lo hacemos como ofrenda a Dios, quiere decir que lo hacemos con amor, por lo tanto, dará frutos, y serán los mejores.

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