Publicado por Fray Raúl | 0 comentarios

Unidad del amor a Dios y el amor al prójimo. Karl Rahner y la Tradición franciscana


  
Introducción
El presente documento es un intento de resumen del documento de Karl Rahner sobre la unidad de amor a Dios y al prójimo para luego compararlo con la tradición franciscana.
Ciertamente no ha sido un trabajo fácil, pues dado el lenguaje y la metodología dialéctica que ha usado Rahner en sus escritos. Además, al momento de buscar el tema en la tradición franciscana me encontré que hay mucho y muy poco a la vez, es decir, para los fines comparativos que quería.
Al final, la comparación no se hace tal cual, sino que se presentan algunas temáticas en relación al tema que se está trabajando dentro de la tradición franciscana.
Podemos decir que el trabajo realizado da pautas para futuras investigaciones al respecto, ya que dichas tradiciones no se contradicen sino que más bien, se complementan.

I.                   Sobre la unidad del amor a Dios y el amor al prójimo, según Karl Rahner


Este tema, normalmente se ha trabajado en la vía beatífica, es decir, en la vida de los santos. Lo que se pretende aquí no es otra cosa que: amar al prójimo de hecho y de verdad. Hay que pensar el amor y preguntarnos: ¿qué hago? ¿Por qué amo? De aquí podremos darnos cuenta si lo que hacemos es sólo porque sí, o es hecho por amor. El amor trae la fuerza de la gracia. El amor a Dios y al prójimo, están entrelazados de tal modo que uno no se puede dar sin el otro, y eso es lo que trataremos de ver. Se usarán los dos nombres para conjurar así su misterio, uno e irrepetible.
1.      El amor activo como lugar de la iluminación existencial del hombre moderno
El amor aparece como unidad realizadora de la Ley y los Profetas, y ambos mandamientos, a saber, amar a Dios y amar al prójimo, son uno mismo (Mt 22,39-40). Recordar esta cuestión es urgente, además nos ayudará a iluminar la reflexión teórica y la vida del hombre actual.
En la época actual se habla del fin de la metafísica; se vuelve a cuestionar la filosofía trascendental del sujeto puro con su patencia hacia lo absoluto; la sociología está queriendo ocupar el lugar de la filosofía, o plasmar una ontología de la intercomunicación. El Dios de la allendidad del mundo pasa a ser como un fantasma inverificable, pues no está donde nos experimentamos a nosotros mismos. Frente a la desmitologización de tabúes y demás cosas, parece que solo algo queda en pie: el “ideal” del deber en el servicio a los otros en el día a día.
Frente a esto, hemos de colocar el Evangelio y la gracia liberadora del Dios vivo. El cristianismo tiene que decirle al hombre lo que es recto, lo que debe entender aquí y así donde está y cómo es: toda la verdad del Evangelio se encuentra primero como acción y luego como verdad, esto es, en el amor al prójimo. El amor es una palabra que designa la consumación de lo que es uno, y que designamos con esos tres nombres: fe, esperanza y amor. El amor es la palabra actualmente vigente que provoca el todo del cristianismo en el hombre de mañana hacia la vida concreta y desde la profundidad en la que Dios la ha insertado por medio de su oferta de la gracia, que es él mismo. De ahí que el amor a Dios y el amor al prójimo son uno. Solo cuando allegamos el amor al prójimo a su propia esencia y a su propia consumación, entendemos lo que Dios es y lo que es su Cristo, y realizamos el amor a Dios in Christo.
2.      Amor al prójimo como amor a Dios. Las declaraciones de la Escritura
Hay que reconocer que este tema que nos ocupa no está atestiguado de manera inmediata y manifiesta en la Escritura y en la Tradición. Sin embargo, en la tradición sinóptica vemos con frecuencia que ambos amores aparecen relacionados (Mt 22,39.40; Lc 10,27-28; Mc 12,31). El juicio a las Naciones de Mateo en el capítulo 25 es también un elemento que no podemos obviar al respecto. En este pasaje,  son algo enigmáticas las palabras de Jesús al decir “a mí me lo hiciste”. Si nos quedamos con esta postura, vemos que al amor a Dios está prácticamente determinado por el amor (aún sin saberlo) por el amor (como hacer el bien) al prójimo. De aquí que en las tradiciones paulinas el amor al prójimo sea puesto como distintivo de la perfección y más alto que la fe y la esperanza (Rom 13,8.10; Gal 5,14; Col 13,14; 1Cor 12,31-13,13). En Juan vemos con más radicalidad cómo es desarrollado este tema del amor a Dios y al prójimo. Tanto en el evangelio como las cartas el tema del amor ocupa un lugar importante en su teología. En definitiva, quien dice que ama a Dios a quien no ve, y no ama a su prójimo al que sí ve, es un mentiroso (1Jn 4,20). Si bien no podemos decir apodícticamente que haya identidad en los amores que estamos trabajando, sin embargo podemos decir que gozan de una estrecha relación.

3.      La doctrina de la teología
La tradición de la escuela en la teología católica ha mantenido la unanimidad en que el auténtico amor cristiano al prójimo es en su potencia y en su acto un momento de la virtud infusa, de la caritas, en la cual se ama a Dios en su Espíritu por él mismo y en comunidad inmediata con él. Es un amar-en-Dios. Pero es necesario pasar revistas sobre tres cosas que esa tesis expresa sobre la identidad el amor a Dios y al prójimo.
a)      La escuela no ignora que dicha caritas también puede ser mero estímulo para los modos personales y amorosos de la relación para con los demás, que no necesariamente son caritas, quedando así en una pura dimensión humana.
b)      Será difícil la fundamentación de la tesis ya que la escuela no alcanzará los presupuestos existencial-ontológicos de la misma, sobre todo si se inclina por la interpretación exacta  de su tesis radical. Quedará en pie pero solo verbalmente.
c)      La tesis sería sostenible por una vía, es decir, que cada acto de la caritas frente al prójimo es un acto formal de amor a Dios, pero en vía contraria, no. Pues no todo amor a Dios es formalmente un amor al prójimo.
4.      El amor como obrar explícito-temático y categorial y en cuanto horizonte trascendental y no conceptual del obrar mismo
Para evitar malos entendidos es preciso distinguir que en un acto humano-espiritual hay por un lado “un objeto explícito” y por otro lado, está el “objeto formal” a priori, horizonte trascendental. Ahora bien, podemos decir que: no todo acto de amor a Dios es un acto formal de amor al prójimo. Por ejemplo, cuando nos referimos expresamente, con oración, confianza y amor, a Dios se da en este sentido un acto de amor a Dios y no de amor al prójimo.
La cuestión sigue abierta: si cada amor interhumano, con tal que tenga toda su radicalidad moral, es  caritas (por tanto amor a Dios), puesto que está dirigido a Dios (atemáticamente) por medio de su horizonte trascendental ineludiblemente dado y que otorga siempre la gracia divina precedente.
5.      El cristianismo anónimo de cada obrar moralmente positivo.
Consideremos lo siguiente: siempre que el hombre en pleno ejercicio de su libre auto-disposición establece un acto moralmente positivo, es éste en el orden fáctico de la salvación un acto positivo, sobrenatural, salvífico. No obsta que su objeto a posteriori y su motivo expresamente no procedan de manera perceptible de la revelación divina de la palabra. Y sean en este sentido “naturales”. En la fuerza de su  general voluntad de salvación, Dios ofrece a cada hombre su gracia sobrenatural y deificante.  De este modo queda elevado el acto humano moralmente positivo. El acto moral y el acto salvífico se distinguen conceptual pero no realmente. Pero aún no alcanzamos la claridad total de la tesis que venimos trabajando. 
¿Será el amor al prójimo un acto moral cualquiera junto a otros  muchos de igual rango que nosotros interpretamos como actos salvíficos, o tiene tal lugar envolvente y especial en el conjunto de la realización moral de su valencia es la del fundamento y prototipo de lo moral en general?
En el segundo caso –deificado por la gracia-, podrá ser considerado como el acto salvífico, y por ello como el acto del amor a Dios. Y viceversa: cada acto de explícito amor a Dios será formalmente (si bien en un sentido a determinar más exactamente) amor al prójimo.  
6.      El amor al prójimo como obrar moral fundamental del hombre
El amor al prójimo, precisamente cuando lo consideramos como fenómeno moral es el fundamento y el prototipo de lo moral en general. Consideremos ahora al hombre en el mundo, en su mundo, lo que le rodea, lo que le acontece. El mundo que le sale al hombre al encuentro es originalmente uno,  en cuanto mundo del hombre. Lo cual viene  ya dado porque el verdadero mundo entorno del hombre es su personal mundo-consigo. En este mundo-consigo el hombre se realiza y sale de sí mismo. El mundo de las cosas tiene importancia en cuanto momento en el hombre y su mundo-consigo.
El hombre, como uno y entero, presenta a la multiplicidad de objetos una ley unitaria para su posible conocimiento y estructura esa multiplicidad como captada y querida. Pero el conocimiento es esencialmente “estar-cabe-sí”, o lo que es lo mismo, regreso a sí mismo, y la libertad es una auto-disposición hacia la definitividad. Para el sujeto, por tanto (visto formalmente) se trata de él mismo. Aquí cobra sentido aquel axioma que dice: el ser y el bien son idénticos.
Añadamos ahora que esa esencia formal del conocimiento indica precisamente la esencia formal según  un respecto determinado. Esto es que no debe ser malentendido egocéntricamente. Según su contenido, el objeto a posteriori es la mediación necesaria del sujeto cognoscente para consigo mismo. Por tanto, el tú personal y conocido es la mediación del sujeto para con su estar-cabe-sí. Consideremos la libertad: la auto-disposición libre es, en cuanto moralmente correcta y consumada, la comunicación amorosa con el humano en cuanto tal. Pero como el conocimiento alcanza su plena esencia únicamente en la acción libre, esto es que ha de “suspenderse” en la libertad para ser él mismo por entero, su primera importancia completamente humana consiste en su integración en libertad, en comunicación amorosa con el tú.
El acto del amor personal para con el tú humano es, por tanto, el acto fundamental, envolvente del hombre, el que da a todo lo demás sentido, medida, dirección. Esa constitución fundamental a priori se experimenta en el encuentro concreto con el hombre concreto. El acto moral fundamental, en el que el hombre se allega a sí mismo y dispone sobre sí es la comunicación con el tú concreto, en el cual se experimenta la fundamental habitud a priori respecto del tú y se la acepta o niega.
Ese acto fundamental está sobre-naturalmente elevado por medio de la auto-comunicación divina en la gracia increada y en la potencia fundamental y trinitaria, que de ella dimana, de las virtudes teológicas: fe, esperanza y amor. La elevación acontece en el orden de la salvación.
El acto humano fundamental es, pues, cuando sucede positivamente, amor al prójimo en cuanto caritas, es decir amor al prójimo cuyo movimiento está orientado finalmente hacia el Dios de la vida eterna.
7.      El amor al prójimo en cuanto notificación de la totalidad y de la esencia del hombre
La reducción de la realidad espiritual del hombre al amor al prójimo le da a tal acto el carácter del misterio. En el acto de amor al prójimo  se reúne y realiza el entero e inabarcable misterio humano, es su vida entera. En ese amor se tiene a sí mismo por completo, se encuentra a sí mismo y cae al abismo último de su propia esencia.
El amor al prójimo no es algo que cada cual conozca reflejamente  y desde siempre en la profundidad de su ser; es más bien lo que se allega al hombre por medio de la totalidad experimentada y sufrida de la vida, permaneciendo entonces, y solamente entonces, misterio sin nombre.
Deberíamos ahora acercarnos a los riesgos de ese amor al tú: cómo se experimenta en él, cómo el negarlo incluye al hombre entero en la condenación mortal y solitaria; cómo la totalidad de la realidad se abre sólo cuando el hombre se abre a su vez radicalmente en el acto del amor y se entrega así al otro. Este análisis debería permitirnos reconocer que en el acto de amor al otro se reúne y realiza la unidad originaria de lo que el hombre es en la totalidad de su experiencia; comprenderíamos entonces que el amor al tú concreto no es algo que se da también en el hombre junto a otras muchas cosas, sino que es el mismo en su realización total.
Si esto es así, es más fácil comprender que dicho amor acontezca en el presente orden salvífico como caritas que no indica otra cosa que su radicalidad absoluta en cuanto que está abierto a la inmediateidad del Dios que se comunica como gracia. La potentia oboedientialis es la transcendentalidad  hacia el tú que hay que amar y que es, por de pronto, el hombre-junto-a-nosotros.
Digamos sólo expresamente que tendrá que tratarse de amor, aunque se trate de caritas, esto es no sólo del mero cumplimiento de un mandamiento que protege al otro defensivamente de un egoísmo brutal; que el “amor por amor a Dios” no significa: amor a Dios únicamente en el “material” del prójimo como una ocasión, sino que indica: amor del prójimo capacitado por Dios para su radicalidad última y que se allega así al prójimo para seguir en él.
8.      El encuentro con el hombre y con el mundo como medio de una experiencia de Dios no objetual, originaria.
Consideremos ahora todo lo contrario a lo que hemos construido hasta ahora: el acto religioso dirigido a Dios es el acto fundamental de la existencia del hombre o está por lo menos en el mismo grado de justificación y de originariedad, incluso en un rango superior al del acto de la comunicación personal, amorosa. Pero esto es engañoso.
Por el momento, consideraremos que Dios no es “un objeto junto a otros”. Dios no está originariamente dado. El hombre no tiene que habérselas en primer lugar con Dios cuando se representa temáticamente su concepto como el de una realidad “junto” a otras en una distinción para con éstas meramente repartitiva. Es un acto originario, que precede a toda reflexión temática, Dios está siempre dado como la razón ultramundana de la experiencia, objetiva y subjetivamente sustentadora del acto y de su objeto. Se da en una especie de experiencia límite en cuanto desde-dónde y hacia-dónde de un acto que apunta objetualmente al mundo, esto es comunicación amorosa con el tú mundano. Dios se da originariamente no como un “objeto” representado por medio de un concepto dentro de ese horizonte.
La revelación de la gracia y de la palabra y la real auto-comunicación gratuita sucede frente a un hombre que es “mundano”, que está dado a sí mismo en libertad por medio de su entrada amorosa en un mundo-consigo por medio del encuentro personal y de la comunicación con el tú de la experiencia intramundana. La experiencia trascendental de Dios es sólo posible en el hombre y por su medio. Ese hombre tiene ya la experiencia mundana trascendental y la experiencia categorial del tú humano.
La tesis clásica de la escuela de que Dios solo puede llegar a ser conocido a posteriori por la creación, significa que la experiencia a priori, trascendental y originaria de la habitud también originaria para con Dios, esto es la experiencia de Dios mismo, puede únicamente hacerse en un haber salido, realizado ya, al mundo que en cuanto mundo del hombre es primariamente un mundo-consigo. Y ésta no se da a su vez total y originariamente sino en la comunicación con el tú.
El acto de amor al prójimo es, por tanto, el único acto categorial y originario en el que el hombre alcanza la realidad entera categorialmente dada, realizándose totalmente frente a ella y haciendo en ella una experiencia de Dios trascendental, gratuita, inmediata.
9.      El amor al prójimo como acto primero del amor a Dios.
El amor al prójimo categorial y explícito es el acto primario del amor a Dios que en el amor al prójimo mienta siempre, aunque atemáticamente, a Dios en transcendentalidad sobrenatural. El amor a Dios  explícito está sustentado por esa apertura confiada y amorosa hacia la totalidad de la realidad que sucede en el amor al prójimo.  Radicalmente, con necesidad ontológica y no meramente “moral” o psicológica, es verdad que quien no ama al hermano, a quien ve, no podrá tampoco amar a Dios, a quien no ve, y que a un Dios, a quien no ve, le podrá amar únicamente en cuanto que ama al hermano visible.
10.  La importancia epocal del amor al prójimo para el conocimiento de Dios del hombre moderno
Podría pensarse que lo dicho hasta ahora siempre se ha sabido, sin embargo, estas reflexiones cobran una importancia peculiar en orden al “instante” histórico en el que vivimos hoy. Un conocimiento y un amor natural-sobrenaturales de Dios es un asunto que sólo puede ser ejecutado por el hombre entero. En él tiene que acaecer todo lo que el hombre es y todo aquello con lo que ha de habérselas. Pero  esa realidad entera que se realiza hacia Dios tiene frente al hombre realizándose históricamente aspectos “epocalmente” diversos, bajo los cuales  se ofrece a él preferentemente. Hay “términos” y “palabras originales” epocalmente cambiantes, bajo las cuales el todo de la experiencia de Dios es invocado nuevamente desde la totalidad de la experiencia de la realidad y del sujeto.
Si queremos hoy decir: el que ama a su prójimo ha cumplido la ley; si nos amamos recíprocamente, la realidad salvífica de Dios está definitivamente en nosotros (así podría traducirse 1Jn 4,12), tendríamos también que entender radicalmente  por qué en ese amor al prójimo, con tal de que sea auténtico y acepte su propia, incomprensible esencia hasta el fin, está ya dada toda la salvación cristiana, y todo el cristianismo, cuando uno ama a otro verdaderamente y “hasta el fin”.



II.                El amor en la tradición franciscana
Antes que nada, hemos de reconocer que el nivel especulativo y sistemático con que Karl Rahner ha trabajado la “unidad del amor a Dios y amor al prójimo” es bastante amplio, así como la dificultad que he tenido para hacer un pequeño resumen del mismo. Otra cosa que debo aclarar es que no he encontrado este tema dentro de la tradición franciscana en cuanto tal, es decir, ni por el tema ni por la metodología. Lo que aquí presento es una breve documentación de aquello que me parece que aborda el tema del amor a Dios y al prójimo.
1.      La Vida y Regla de los Hermanos
La Regla de los Hermanos Menores que tiene como fin ser el modelo de vida que Francisco quiso para sus hermanos empieza así: “La regla y vida de los Hermanos Menores  es esta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad” (Rb I, 1).
El aporte que hizo la orden franciscana a la Iglesia y a la humanidad la podemos resumir en su vivencia evangélica de la fraternidad y la minoridad. Ser hermano menor es para el franciscano el modo de vida. La fraternidad es don y tarea. Don, porque los hermanos nos un regalo, como diría Francisco en el Testamento: “Y después el Señor me dio hermanos, que nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio” (Test 14). Es tarea, porque la fraternidad se va construyendo en el día a día.
Revisando el índice analítico de las Constituciones Generales de la Orden vemos que el tema amor no aparece. Quizá se deba a que este es un documento normativo-legislativo y no se puede normar el amor. En todo caso, “guardar el santo Evangelio”, que es lo que pretenden las Constituciones, en ningún modo pueden estar en contra del principio del amor a Dios y el amor al prójimo.
Podemos decir que ese amor al prójimo, del que nos hablaba Rahner, en la tradición franciscana tiene un rostro concreto, ese prójimo es “mi hermano”. Volviendo a la tradición joánica, podríamos traducir así: “nadie que diga que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano al que ve, es un mentiroso” (Cfr. 1Jn 4,20). La medida del amor a Dios y al prójimo, en la tradición franciscana pasa por la medida del amor a la fraternidad o mejor dicho, por la vida fraterna.
2.      El amor no es amado, el amor no es amado
Con frecuencia encontramos en las biografías de San Francisco episodios en los que se manifiesta triste y llora amargamente por la Pasión del Señor. Sobre todo al principio, después de su conversión. Lloraba y decía: “El amor no es amado, el amor no es amado”.  Cristo es el amor. Cristo no es amado, y eso le causaba gran dolor al poverello. Sin embargo, pedía a los hermanos que no anduviesen tristes, y que si alguno estaba de mal humor, que mejor no saliera.
La espiritualidad franciscana ha manifestado a lo largo de ocho siglos, una inclinación a una teología desde el sentimiento, hacia el amor. Eso lo vemos en los escritos de San Francisco como en las biografías. Además, los maestros de la teología franciscana, Escoto y Buenaventura, tienen muchas obras que no nos dejarán mentir.
3.      Primacía del amor de Dios
En la visión franciscana sobre la encarnación de Jesús, la tradición escotista nos dice que fue el Amor libérrimo de Dios y no el pecado lo que motivó la encarnación. En esta acción de Dios descubrimos a un Dios que ama con amor humilde, un Dios que nos ama con amor pobre, des-apropiado,  un Dios que ama con amor incondicional. En la visión franciscana, Dios ama aunque no tenga necesidad de amarnos, y es completamente libre en su amor. Y no podemos olvidar que Ama más a los “menos amables”[1].
En esta dinámica ya no se trata de cómo amar a Dios o al prójimo, se trata más bien de reconocer que Él nos amó primero (1Jn 4,19), que Dios es amor (1Jn 4,8) y ese será la tesis fundamental de toda la teología llamada como franciscana.


4.      La vida fraterna expresión del amor trinitario
El Ministro general de los Hermanos Menores, cuando presentó el informe para el Capítulo general extraordinario de 2006 se refiere a la vida fraterna en estos términos:
La fraternidad franciscana, como toda vida fraterna en comunidad, es participación en la comunión trinitaria, y nace de la conciencia viva de que somos «hijos del Padre celestial y hermanos de Jesucristo en el Espíritu Santo» (CCGG 38). La fraternidad es pues, antes de cualquier otra cosa, un don que hemos de acoger con gratitud. Pero es también una tarea que supone esfuerzo y empeño para construirla, respetando siempre la persona del hermano, don de Dios, tal como es (cf. EP 85)
Esta forma de vida, la vida fraterna en comunidad, tiene, como valores unificadores, la unidad de fe y la unidad de proyecto de vida evangélica, que para nosotros se concretan en la Regla y en las Constituciones (cf. CCGG 42 § 2). Al mismo tiempo tiene como "estructuras" base la persona del hermano, en cuanto ser en relación, y la figura del guardián, en cuanto animador de la vida de los hermanos que el Señor le ha confiado.[2]
La misión y el apostolado de los Hermanos Menores es la vida fraterna y desde ella se despliegan todas las otras actividades apostólicas de los hermanos. La vida en fraternidad es y será un signo del reino entre los hombres de hoy y mañana. Frente a una sociedad que se inclina por el individualismo, los franciscanos siguen creyendo en la vida fraterna, como lugar de encuentro con Dios y con el hermano, como lugar donde se realiza el amor al prójimo.
5.      Traten a los hermanos enfermos como quisieran ser atendidos.
El amor propio o el deseo de ser cuidado de tal o cual forma han de marcar el modo en que debemos amar a los demás. Haciendo lo que queremos que nos hagan, como dice el evangelio en Mateo 7,12. San Francisco propone que los hermanos deben tratar a los hermanos enfermos del modo en que quisieran ser tratados (Rb IV)[3].
6.      Fraternidad cósmica.
El Cántico de las criaturas es otro elemento importante de la tradición franciscana. En él, Francisco invita a las criaturas a alabar al creador, y lo interesante es que las llama “hermanas”. Cabe mencionar que las criaturas mencionadas son inanimadas, es decir, el sol, la luna, las estrellas, el agua, el fuego, el viento. Añadió casi al final de su vida, dos estrofas en las que habla de la hermana muerte y de la hermana amistad. Pero este detalle no ha impedido que el término hermano-hermana sea aplicado a “todas las criaturas”: hermanos árboles, hermanos animales. Todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre.
Lo trascendente de esta cosmovisión es la fraternidad universal o cósmica que permite entablar un trato de respeto por la creación, así como promover un trato fraterno con los diferentes seres y especies que comparten la vida en la misma tierra. Las criaturas hablan de la grandeza del creador y con su belleza lo alaban. Las criaturas nos recuerdan a su hacedor.
7.      La no violencia, diálogo interreligioso
Otro tema que no podemos dejar de mencionar es la visita que Francisco realizó al sultán de Egipto, Malek Al-Kamil, en 1219 aproximadamente. Encuentro que marcó un hito en la historia de la Iglesia, de las cruzadas y del diálogo interreligioso. Francisco iba con la intención de convertirlo al cristianismo, pero no lo logró. A cambio encontró un amigo con el que pudo hablar de Dios y vencer las fronteras de la guerra religiosas. Gracias a este encuentro los Frailes Menores tienen desde el siglo XIII acceso a Tierra Santa, donde tenemos La Custodia de Tierra Santa[4].  
Cuando se reunieron los líderes religiosos en la ciudad de Asís, para  orar por la paz en 1986, reunión que fue  convocada por el papa Juan Pablo II, los representantes musulmanes se admiraron de que en la Porciúncula estuviese un cuerno musulmán. Este cuerno fue un regalo que dio Malek Al-Kamil a Francisco cuando pasó por tierras egipcias.  Este cuerno se le da solo a aquellos por los que se tiene gran estima.



A modo de Conclusión

Al elegir el tema del amor, consideré que sería fácil de comprender y asimilar. Sobre todo por considerarlo afín a mi ser franciscano.  Pero ha sido una tarea ardua.
Intentando complementar lo poco aprendido de la teología de Karl Rahner, me encuentro con la dificultad de no tener a mano elementos que le hagan frente al discurso tan elevado de Rahner. Por ello, hice una pequeña recopilación temática de cómo ha sido tratado el tema del amor en la tradición franciscana. Recopilación que seguramente presenta grandes ausencias. Desde la tradición franciscana podemos decir que fue el Amor y no el Pecado lo que motivo (o predestinó) la venida de Cristo. Es el amor libérrimo de Dios al ser humano el que está de fondo en la visión franciscana de la creación y de la humanidad.
Me atrevería a decir que para los franciscanos el amor de Dios no consiste en que le hayamos amado a él, sin en que él nos amó primero. De ahí se desprenden los principales lineamientos teológicos, morales y epistemológicos de la tradición franciscana.
Ahora bien, que las posturas de Rahner y la franciscana difieran un poco, no quiere decir que se contradigan. Considero que no hay contradicción en lo que he estudiado. Considero que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.
Veo una gran luz al acercarme a la teología de Karl Rahner, pues la tradición franciscana se ha quedado como en un segundo plano en relación a las otras tradiciones teológicas como las de santo Tomás y los teólogos jesuitas del último siglo.
Por último, me quedo con la sugerencia que hacía Benedicto XVI que invitaba a los seminaristas a estudiar a San Buenaventura, y para mí, de la mano de Karl Rahner, podríamos llegar muy lejos.  
De Rahner podemos retomar su metodología expositiva que es bastante sistemática. De la tradición franciscana podemos retomar las experiencias de vida en fraternidad y misión que vamos adquiriendo, sobre todo porque ambas nos remiten al amor de Dios.




[1] Tomado de algunos apuntes de franciscanismo. Este tema ha sido bien desarrollado por Fray Mauro Iacomelli, OFM. Se pueden consultar sus escritos aquí: http://fraymauro.com/
[2] Rodríguez Carballo, J. Ministro General. Con lucidez y audacia. En http://www.franciscanos.org/docoficial/carballoinf06-3.htm
[3] Se refiere a la Regla Bulada de 1221
[4] Más detalles de la Custodia lo podemos encontrar en la Web en: http://es.custodia.org/

0 comentarios:

Se ha producido un error en este gadget.